ODIO AL LUGAR COMÚN

Historia corta sobre todo lo que ya se ha dicho

 
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Mi ficción era variable. Quiero decir que me obsesioné con la originalidad y huía constantemente de todo lo conocido. Fui construyendo la historia de mi vida sobre lo inaudito. Si lo que se esperaba de mí era que fuera feliz y comiera perdices, hacía lo imposible por provocar la desgracia y cenar pavo frío por la noche. Al principio fueron reacciones conscientes. Medía cada palabra para que mi discurso no se pareciese a nada que hubiese oído antes. Lo cual hacía insoportable estar a mi lado, pues huyendo de toda convención se hacía difícil no perder el hilo y entender algo de lo que decía. Saltó la primera alarma: no quería ser un poema dadaísta o una obra absurda encarnada. En seguida me vi solo y angustiado y empecé a parecerme demasiado a un drama cualquiera. Por suerte no bebía en exceso y esto consiguió alejarme de todos los alcohólicos bohemios de la historia. Ahí estaba yo, tenía mi plan pero nadie con quién probarlo. Cuántos monólogos internos pueblan nuestra literatura, no. Ni hablar. Estaba fuera de toda duda convertirme en una egocéntrica fotocopia más. Volví al mundo social de manera discreta evitando pensar demasiado. Me dije que la introspección era un nido de imitadores. Me propuse responder a todas las preguntas que me hacían con monosílabos aleatorios: un día era sí y al siguiente también. Casi pierdo el interés del público. ¿Qué atractivo podría tener pasar tiempo con un desconocido que se limita a responder escuetamente preguntas dispares? Bueno, pues me tomaron como oráculo y me puse de moda. Jamás había tenido tantos amigos. Me invitaron a todas las fiestas. Ser la sensación no es nada fácil. Estaba exhausto y antes de terminar como un juguete roto me anticipé al cliché. Continuando con mi objetivo pero sin saber cómo me desdoblé y dejé que un narrador omnisciente les contara todo lo que tenía que decir. Con esto, nuestro héroe aburrió a sus adeptos por la perorata que emanaba de sus labios. Una vez más se encontraba en el punto de partida, totalmente vulgar e intentando desmarcarse. Aburrido y sin compañía visitó museos, cines, bibliotecas… Sin embargo cuanto más amplia era su cultura menos margen tenía para actuar convencido de ser el pionero. Por supuesto, omitió cualquier refrito cultural (exceptuando algún que otro pastiche que bien lo embaucó) y optó por ignorar el aluvión de retratos de mis ídolos a los mayores de edad. Descubrió que no era la falta de imaginación, sino la nostalgia su principal enemigo. Esta se presentaba al mundo como el hogar calentito y confortable que anhelamos y la llegada a él resultaba cada vez más sencilla gracias a la fácil documentación. Éxito asegurado ante su colosal fracaso. Aunque no se dio por vencido. Concluyó que su mera conciencia ya lo hacía algo especial y se limitó a existir como buenamente pudo. Realizó alguna obra con apenas unos destellos de originalidad que lo serenó y al fin logró disfrutar de la creación y torpeza humana. Tiempo después, sentado en un banco del parque, algo bastante típico de no ser porque quien tuvo, retuvo y se preocupó por hacerlo en el centro exacto del mismo, notó cómo una mujer se le sentaba encima.

-Perdona, este lugar está ocupado, en fin, está usted sobre mí.- dijo el protagonista.

Ella se giró sobre él, le levantó el sombrero que llevaba y a modo de teléfono respondió:

-¿A que no se lo esperaba?

Nuestro protagonista no cabía en sí de gozo y lloró, lloró de pena.